El Comité Nacional de Defensa de la Caficultura llevó su reclamo a la Asamblea Nacional. La representación de los productores de Portuguesa, Lara, Trujillo, Mérida, Táchira, Monagas, Sucre, Anzoátegui, Barinas y Yaracuy —estados donde se cosecha prácticamente todo el café del país— solicitó una revisión formal de las estructuras de costos del sector y respaldo para fijar precios sustentables, luego de que comercializadoras e intermediarios impusieran cotizaciones de forma unilateral.
El argumento es sencillo y demoledor: con los precios actuales, el productor no cubre lo que gasta. Fertilizantes, fitosanitarios, combustible, fletes y mano de obra se han encarecido de manera desproporcionada, mientras el valor que recibe el caficultor en finca se mantiene por debajo del costo real del ciclo productivo.
La trampa cambiaria que nadie menciona
Hay un detalle que el comunicado gremial no desarrolla, pero que cualquier productor conoce de memoria: buena parte de los insumos del café se compran con referencia al dólar. Un saco de fertilizante, un herbicida importado o el flete de un camión no se negocian en bolívares ajustados por inflación: se negocian mirando el tipo de cambio del día, sea el oficial del BCV o el paralelo.
Del otro lado de la balanza, el precio del grano lo fija el comprador en bolívares. El resultado es una asimetría clásica de la economía venezolana: costos indexados al dólar, ingresos anclados al bolívar. Cada vez que la brecha cambiaria se abre o el ritmo de depreciación se acelera, el margen del caficultor se licúa sin que haya vendido una libra menos.
Esa dinámica explica por qué el sector se ha ido dolarizando por la puerta de atrás. No se trata de grandes transacciones bancarias, sino de acuerdos informales entre vecinos, compradores de pueblo y cooperativas que empiezan a mirar con interés las stablecoins como unidad de cuenta para no perder valor entre la cosecha y el pago.
Más producción, menos rentabilidad
La paradoja es que el café venezolano no va mal en volumen. El ciclo 2025-2026 cerró con unos 4 millones de quintales sobre 250.000 hectáreas cultivadas, y se estima un crecimiento cercano al 10%, con más de 226.000 toneladas cosechadas. Cerca del 84% de esa producción se concentra en Lara y Portuguesa.
Es decir: hay cosecha, hay superficie y hay capacidad de recuperación. Lo que no hay es una estructura de precios que traduzca ese esfuerzo en bienestar para quien trabaja la tierra. El gremio lo resume como una situación de inviabilidad financiera del sector primario, agravada porque los compradores manejan un poder de mercado que deja al productor con pocas alternativas de negociación.
Qué piden los productores
La solicitud a la AN tiene varios frentes concretos:
- Instalación inmediata de una Mesa Técnica Parlamentaria donde se desglosen los gastos reales del ciclo productivo.
- Un exhorto al Ministerio de Agricultura Productiva y Tierras y a la Corporación Venezolana del Café para establecer un precio base de sustentabilidad.
- Un esquema de fiscalización sobre las exportaciones que garantice retornos e incentivos justos a las comunidades de origen.
El Comité sostiene además que la fijación unilateral de precios choca con varios artículos de la Ley para el Fomento y la Promoción del Café, que apuntan a un nivel de vida digno y a la protección económica del productor frente a las variaciones de insumos.
La lectura desde el mercado P2P
Para quien opera con cripto en Venezuela, esta historia no es ajena: es el mismo patrón que vemos en el comercio informal, el transporte y los servicios. Cuando el ingreso se pacta en una moneda que se deprecia y el gasto se calcula en otra que se mantiene dura, el actor económico busca refugio.
En el café, ese refugio puede tomar tres formas. La primera es el USDT como unidad de cuenta: fijar el precio del quintal en dólares y liquidarlo en bolívares al tipo de cambio del día, una práctica que ya existe de manera verbal entre algunos compradores y cooperativas.
La segunda es el P2P como mecanismo de conversión. El productor o el pequeño intermediario que recibe bolívares necesita transformarlos rápido en una reserva de valor antes de que el tipo de cambio se mueva. Ahí entran los exchanges peer-to-peer, con sus spreads, sus comisiones y sus riesgos de contraparte.
La tercera es la brecha entre precio interno y precio internacional. Si el café venezolano se paga por debajo de su costo mientras afuera cotiza a niveles mucho más altos, se crea un incentivo estructural a sacar el grano por canales informales y cobrar en divisas o stablecoins. Eso no es un fenómeno cafetero: es un fenómeno de arbitraje cambiario, el mismo que ha movido otros rubros agrícolas.
Lo que debería vigilar el caficultor
Mientras la Mesa Técnica avanza —o no—, hay decisiones prácticas que pesan más que cualquier comunicado. Llevar contabilidad en dólares o en USDT para conocer el costo real por quintal. No concentrar la venta en el pico de cosecha, cuando el poder de compra del intermediario es máximo. Diversificar contrapartes y evitar depender de un solo comprador que fija precio. Y si se usa cripto, entender que no es magia: hay volatilidad, comisiones, límites bancarios y riesgos regulatorios que conviene medir antes de entrar.
El reclamo del café ante la AN es, en el fondo, un reclamo por moneda sana. Y en una economía donde el bolívar convive con el dólar y el USDT en el día a día, ese debate termina tocando siempre la misma puerta: la del mercado paralelo digital.
Este contenido es informativo y no constituye asesoría financiera. Verifica siempre tipos de cambio, comisiones y riesgos antes de operar.



