Cada vez que el Banco Central de Venezuela suelta una cifra de inflación, el país entero hace la misma cuenta mental: cuánto subió lo que compro, cuánto se me quedó corto el sueldo y a cuánto está el dólar hoy. Es un reflejo aprendido a la fuerza. Desde los años 80 los venezolanos convivimos con precios que corren más rápido que los ingresos, y aunque la hiperinflación quedó atrás como episodio, la meta de estabilidad sigue siendo esquiva.
En PitbullChain no leemos el dato de inflación como un titular económico: lo leemos como un manual de operaciones para quien compra, vende y ahorra en cripto todos los días.
Un 8,4% que no significa que las cosas estén más baratas
El dato más reciente coloca el alza de precios de septiembre en 8,4% mensual. Traducido: el promedio ponderado de bienes y servicios que mide el BCV se encareció en esa proporción en apenas un mes. La cifra acumulada del año llegó a 225,3% y la interanual a 465,6%.
Hay un detalle que suele confundirse y que conviene repetir hasta el cansancio: una cifra menor no implica que los precios hayan bajado. Implica que suben más despacio. Eso es lo que viene ocurriendo este año, cuando la acumulada de septiembre quedó por debajo de la del mismo mes del año pasado (225,32% frente a 230,9%). Es desaceleración, no deflación. La diferencia, para el bolsillo, es enorme: el carrito sigue costando más que el mes anterior, solo que el salto es algo menos brutal.
Y como la inflación no es uniforme, cada familia vive su propia tasa. Depende del patrón de consumo: quien carga más peso en alimentos y transporte siente un número distinto al que reporta el promedio nacional. Por eso el dato oficial funciona como referencia, no como verdad absoluta.
Una medición con canasta de hace dos décadas
Ahí está el punto más incómodo. El BCV mide con un año base de 2007 y una canasta elaborada en 2005, las más antiguas de América Latina. En la práctica, se calcula la inflación como si los venezolanos consumiéramos hoy lo mismo que hace 20 años, cuando la recesión, la migración y los cambios de hábitos transformaron por completo la estructura del gasto familiar.
A eso se suma que el emisor dejó de publicar hace más de una década indicadores clave como la inflación núcleo o subyacente —la que limpia los rubros más volátiles como ciertos alimentos y la energía— y tampoco difunde datos de precios mayoristas, de la construcción o de la industria manufacturera. Para las empresas eso complica la planificación; para los usuarios, obliga a construir índices propios.
BCV, dólar paralelo y USDT: las tres brújulas del mismo bolsillo
El venezolano promedio ya no mide la inflación solo con el boletín del BCV. La mide con tres referencias que consulta a diario: la tasa oficial, el dólar paralelo y la cotización del USDT en el mercado P2P. Cuando esas tres se separan, aparece el espacio donde operan los comercio P2P y donde el spread se convierte en costo real para quien cambia bolívares.
Por eso el USDT se consolidó no solo como refugio de valor, sino como unidad de cuenta. Comerciantes, freelancers y remesadores cotizan en dólares digitales porque la referencia en bolívares cambia demasiado rápido como para sostener un precio durante semanas. Con una inflación interanual por encima de 400%, ajustar precios en bolívares es una tarea de tiempo completo; ajustarlos en USDT es una decisión puntual.




